Fraude y/o malas prácticas

 Hay resultados que, cuando los lees, no te entusiasman: te incomodan. Me ha pasado con algunos trabajos recientes sobre metasuperficies. Diagramas perfectos, eficiencias altísimas, control de fase prácticamente ideal… todo demasiado limpio. No porque sean imposibles en abstracto, sino porque rara vez se explica qué ocurre cuando se sale un poco del escenario mostrado.

En varios de esos artículos, el comportamiento deseado aparece solo bajo condiciones muy concretas: materiales sin pérdidas, discretizaciones extremas, excitaciones cuidadosamente ajustadas. Nada falso, pero tampoco general. Lo curioso es que eso casi nunca se presenta como una limitación central, sino como un detalle técnico secundario.

Leyendo los textos sobre malas prácticas científicas, esta sensación volvió. No en forma de fraude evidente, sino como una acumulación de decisiones pequeñas que empujan siempre en la misma dirección: mostrar lo mejor posible, esconder lo que no encaja. El sistema lo favorece. El lector también.

Pensé entonces en el caso de Jan Hendrik Schön. No porque alguien esté hoy fabricando datos en electromagnetismo aplicado, sino porque durante años sus resultados fueron aceptados sin demasiadas preguntas. Eran bonitos, coherentes, revolucionarios. Nadie tenía un motivo claro para dudar. La revisión por pares no falló por incompetencia, sino por exceso de confianza.

Las metasuperficies no están ahí, ni mucho menos. Pero sí comparten algo: la dificultad de reproducir resultados cuando se sale del marco exacto del artículo. Si cambias la discretización, el modelo de pérdidas o el entorno, el comportamiento se degrada rápidamente. Eso no invalida el trabajo, pero sí lo redefine. El problema es que esa redefinición rara vez aparece con la misma fuerza que el resultado principal.

En los apuntes se insiste mucho en que muchos problemas de la ciencia no vienen de individuos malintencionados, sino de dinámicas colectivas. Este ejemplo me parece ilustrativo. No hace falta falsificar datos para contribuir a una literatura frágil. Basta con no mostrar los fracasos, no insistir en la sensibilidad del diseño, no poner el foco en lo que no funciona.

Otro aspecto que me llamó la atención en las lecturas es lo difícil que resulta corregir el conocimiento una vez publicado. En metasuperficies, cuando aparecen trabajos que matizan resultados previos, rara vez reciben la misma atención. El primer artículo, el que promete más, sigue siendo el más citado. Algo muy parecido a lo que ocurrió con muchos trabajos de Schön antes de ser retractados.

Todo esto me ha hecho replantearme cómo leo artículos y cómo quiero escribirlos. No tanto en términos de ética abstracta, sino de decisiones muy concretas: qué figuras elijo, qué hipótesis explicito, qué resultados dejo fuera. La integridad científica no aparece solo cuando alguien cruza una línea roja evidente; se juega antes, en zonas mucho más grises.

Quizá la enseñanza más incómoda de casos como el de Schön no sea que “el sistema puede fallar”, sino que puede hacerlo durante mucho tiempo sin que nadie se dé cuenta. Y que en campos técnicos como el mío, donde el fraude clásico es raro, la mala ciencia suele adoptar formas más suaves, más aceptables… y por eso más difíciles de detectar.

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